Pequeños relatos

 
 

Poemas

 

 

 

Pequeños relatos

 

 

4.-

 

Siempre he pensado que nuestra despedida será en una estación francesa, mientras las hojas del otoño son barridas por un viento semi helado que hace encoger tus hombros y enrojece tu nariz. Te abrazaría y te mentiría, probablemente. Te mimaría y te haría feliz, como en esa canción que nunca has escuchado. Realmente no sé qué te diría, sólo tengo esa imagen onírica en mi cabeza desde hace algún tiempo y sé que será una despedida. Esa, niña, es mi manera de huir de la realidad, no soporto los alardes de gravedad, prefiero la relatividad y los olores cóncavos. Podrías venir conmigo, te hablaría de mi viaje, ese del que nadie sabe demasiado y te contaría lo que me pasó en una playa de Niza mientras observaba el mar y el cielo, con un libro deshojado de Kerouac bajo el brazo, fumando el último Lucky Strike de un paquete que no sé cómo conseguí. Te hablaría de canciones y te las silbaría al oído hasta que tu sonrisa inundara mi cara y yo, por fuerzas mayores, tuviera que sonreír. ¿Sabes? Ya no tomo prozac, ahora esbozo mis días en un cuaderno rojo y novelo cada una de mis horas con la sensación del que se siente el creador absurdo de Camus, eso es importante.

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Albertine entre fábricas de coches

 

Doblábamos las esquinas a tanta velocidad que la ciudad nos parecía un lugar alegre y el humo de los tubos de escape de cada uno de los coches que nunca llegaríamos a conducir nos seducía, como aromas de sitios lejanos. Entre jugos de saliva nos emborrachamos, de calle en calle, de boca en boca, como si fuera un lujo el beso, un tesoro bonito. Fuimos guardando sonrisas para cuando no nos quedara más que tristeza, escogiendo el minuto más amable de cada día, rechazando el abismo de un horario de oficina.

Ruido, el sonido del movimiento. La ciudad nunca ha sido tranquila, hay fábricas cerca de nuestra casa. Mañana compraré algunas cortinas azules, para darle color al cielo, para convertir las fábricas en helados de nata, para ver otra ciudad desde la misma ventana.

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Canción nº 7 sobre la deriva.

 

Idefectiblemente cualquier cosa es finita y así se va pasando el tiempo. Me centro. Situándome en el espacio que me rodea para poder sentir y apreciar todo, dibujo formas dentro de mi espacio, llamémoslo vital u ocupacional.

Ando, porque así me traslado y evito enfrentarme a lo que todos llamamos “mis cosas”. Las cosas no son mías, eso es lo que le trato de decir al vendedor de pañuelos del semáforo, el cuál puede fallar electrónicamente y derivar en mi una confusión que me pueda hacer tomar una decisión que no debiera ser tomada en ese momento.

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Como queriendo matar recuerdos.

 

Las luces de fuera, de la ciudad, violan ventanas con arrogancia y provocan rápidas sombras que invaden durante pequeños segundos mi casa, que no es mía pero vivo en ella. Yo las observo e intento definirlas para encajarlas dentro de algún motivo pictórico o ridículo. Los ruidos de coches dañan la austeridad de mi deseado silencio mientras describo vuelos de aeroplanos con mis manos. La nieve cae en la caja de ruido. Yo censuro la lluvia con un giro, la propago, la cabreo, ahogo su vida en un instante. Soy dueño de todo mi pequeño entorno. Elijo.

Las esquinas se vuelven rectas si pienso en correr en cualquier sentido. La monotonía del suelo es agradable. Me cierro en la habitación más oscura de casa. Estoy solo, derrotado y agrio, fulminado. Oigo que el aceite y la guerra no son más que palabras, el sudor de los que aquí cayeron fue tomado como anécdota para contarles a los perros una historia antes de dormir.

He decidido no volver a salir durante un tiempo, ahora seré yo el causante de los destrozos de mi vida, yo soy el autor de mi biografía, el que ahora mira al techo con un arma en las manos, queriendo matar recuerdos.

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Dromomanía.

 

Sentado me recuerdo yo, acariciando dudas con la cucharilla del café, mientras suena el reloj de las oficinas, marcando el paso del paso de la tarde, ahuyentando cualquier tipo de filantropía. Me recuerdo, sí, claramente encorvado, tratando de encontrar un sentido a la verticalidad. La tarde se acaba pero el fin no existe. Me recuerdo, torpe y ensimismado formando parte de este eterno balanceo.

Lo que es, existe o puede existir es un ser ridículo, le dije a la camarera mientras le arrancaba el delantal. Detrás, dos cuadros de James Ensor, lúgubre panorama, la tarde es dueña de lo acostumbrado. Y el mar, como siempre, vuelve a tener sed de higos.

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El pájaro sobre el alambre.

 

El único castigo que Marcos recibía de su padre era la prohibición de acercarse a las ventanas de casa, por miedo a que cayera al pavimento de abajo, a la agitada calle. Nunca fui un niño interesado en juegos de balas o jeringas. Marcos era pequeño, como un hueco. De su ausente desparpajo fluía la timidez del que se enfrenta al primer día de cualquier cosa. Absorto y mudo a veces, siempre con la lengua fuera, no por burla sino por descuido, pasaba los días entre realidades y ogros que él mismo construía. En las tardes de lluvia, Marcos se acercaba a la ventana mientras su padre revisaba los gastos de la tienda entre el cigarro y el coñac, cada dos pasos una mirada atrás y seguía, dos pasos y atrás hasta llegar al cristal. Acomodaba la barbilla en el metal y empujaba con sus manos despacio y abría y dejaba ahora todo sin esbozo ni disfraz, elevaba sus diminutos tobillos para llegar a sacar los brazos al aire mientras caía, como llanto de plata, la lluvia en sus dedos, me gustaba sentir el frío entre mis desodernadas falanges, se rompían las gotas sobre sus manos y contaba, casi con medio cuerpo fuera, uno a uno los paraguas de colores que veía, hasta que su padre se volvía y dando un salto desde la mesa a la ventana le cogía por la espalda y gritaba, Marcos, no vuelvas a hacer eso, no te lo voy a volver a repetir, asustado corría y se sentaba en el sillón con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, como si ya fuese mayor. Marcos no tenía hermanos ni madre. Los hermanos no llegaron debido a un problema de tiempo, la madre se fue por uno de autoestima, balanceándose sobre el suelo. Carla era la madre de Marcos, lo sigue siendo aunque nadie le hable de ella cuando pregunta, a qué hora llega mamá, el silencio es ancho cuando Marcos quiere saber de su madre, no es fácil para nadie. Ni su padre ni sus abuelos le han contado nada y no lo harán hasta dentro de algunos años, cuando empiece a preguntar sobre el porqué de la mancha que tiene en el labio inferior, es herencia de mamá, ella tenía una idéntica a la tuya, eso le pasa a mucha gente, son cosas que se heredan, como la simpatía o la tristeza. Marcos volverá a preguntar, ahora sobre Carla y su padre encorvará la espalda y le contará todo lo que no sabe, más tarde le dará el dibujo que hizo su madre antes de que él naciera, un pájaro sobre un alambre. Marcos lo guardará siempre, como un recuerdo de lo desconocido, es bonito, como mamá. En la tienda, el padre de Marcos vendía zapatos y los reparaba y también tenía cordones y calzadores. La montó después de lo de Carla, antes fue feliz. Marcos no fue al colegio hasta cumplir cinco años. Al nacer le diagnosticaron dermalgia y tuvo que soportar un largo tratamiento. Una vecina, Elena, le enseñaba a dibujar por las mañanas y a leer por las tardes. El marido de Elena consiguió trabajo en el extrarradio y a los dos meses decidieron marchase a algún piso de la periferia. Tuvieron un hijo y cuando éste pronunció por primera vez mamá, Elena se acordó de Marcos y pensó en él durante unos minutos, a la vez que vestía a su niño. Todos los martes, a las seis de la tarde, lloviera o no, acudían dos estudiantes a la pared de ladrillo gris que Marcos veía desde su ventana. Enamorados el uno del otro, se besaban durante cinco minutos y se acariciaban la cara antes de despedirse. Se marchaban por distintas calles, la chica con paso ligero, el chico con la mirada baja. Si llovía se abrazaban muy fuerte y el chico tapaba a la chica con la chaqueta marrón del uniforme del instituto. A Marcos le gustaba mirarlos, apoyaba la frente y las manos en el cristal y sólo movía los ojos. Un martes no llovió, diciembre, pegaban carteles de cine francés y un circo llegaba al pueblo. El chico solía regalar a su novia notitas a bolígrafo azul, en ellas escribía las frases de algunos libros o citas que aprendió, las cerraba con un te quiero, siempre estaremos juntos, besos. Marcos estaba atento a todo y siempre que su padre no lo impedía, seguía los besos de aquellos adolescentes con gran puntualidad y atención.

Con humor despeinado, Marcos se despertaba a la vez que su padre, andaba por el pasillo con los brazos caídos y llegaba al pequeño salón, abría el cajón donde guardaba colores y cuadernos. El padre lo llevaba con él a la tienda. Marcos siempre fue callado y tranquilo y no entorpecía el trabajo de su padre. Entre golpes de martillo, olor a cuero y clientes que entraban y salían con calzado nuevo o remendado, Marcos, sentado en la trastienda, empezaba a dibujar, aunque ya no estuviera Elena. Mi madre me dejo manchas de pintura en cambio de besos. Rara es la vez que no llamaba la atención un niño tan callado, las vecinas decían al padre, que hijo más educado y formalito, no como los míos que siempre andan peleando, el padre asentía y mostraba medía sonrisa, hasta luego, siento lo de Carla, nadie hablaba hasta llegar a casa, ni el padre ni el hijo, gracias. Zapatos no le faltaban a Marcos, tenía unos marrones muy bonitos que siempre quería ponerse, daba igual el momento y el lugar a donde ir, a él le gustaban y los usó hasta desgastarlos. De mayor los encontró en una caja y con betún los adecentó, para dejarlos como recuerdo sobre una leja, junto a los libros. Para Marcos no había mayor placer que el observar todo desde la ventana de casa, la iglesia, a lo lejos, la plaza que se tiñe de colores según horas y tiempo y gente, las mujeres del mercado que imponen su voz para vender más, los perros, la lluvia, los estudiantes enamorados y sus besos, su padre que vuelve de la tienda con las manos cortadas y la mirada al suelo, como buscando recuerdos, su madre que pronto aparecerá doblando la esquina. La vida de Marcos a través de los cristales ahumados de casa es sólo la vida de un niño sin amigos ni enemigos, sin hermanos ni madre, a veces sin voz y sin olfato, con desgracias y virtudes que adivinará en el pasar de los años.

El pájaro sobre el alambre es el rostro de su madre, el calor de los trazos es el abrazo que ya olvidó, que no echa de menos porque no recuerda haberlo tenido. El dibujo lo guardará siempre y mirando el pulso firme del carbón y la agilidad de los colores pensará en los motivos que hicieron a su madre colgarse en el desván, abandonar a su niño de pocos meses y salir de casa por el techo, buscando luz. Marcos es el principio de la muerte de su madre, buscará motivos para que por una vez esté en calma el mundo.

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El porqué de las cosas.

 

La tarde se acaba cuando todas las sirenas de la ciudad aúllan, cuando los lobos, los ahogados, los enemigos de todo lo ajeno emprenden el viaje a sus madrigueras, cuando la belleza se esconde detrás del último de los buenos lugares, cuando se cierran todas las puertas. La tarde se acaba con el segundo que transcurre en el último sorbo del café más tranquilo. El fin es todo lo que acaba no la razón de haberlo hecho. La calle, lluviosa y gris, como en una película de Truffaut, sería el escenario ideal para volver a ser feliz, para encaramarme al hierro de las buenas ideas, al placer de ser mínimamente necesario, pero me contradigo constantemente y ahora me amanece al revés. El bar es ahora mi casa. Soy un escritor cojo, un músico inútil y un pintor que nunca empezó a pintar en serio, soy lo que siempre quise ser a largo plazo, un extraño a la coartada universal, un urbanita mal dispuesto. Soy yo, de eso no me cabe duda, el que ahora se arrasca el cuello. Una servilleta de bar sirve para plasmar mis antiguas frases, a veces poemas que yo siempre deshecho como fruto de lo inútil, innecesario todo lo que venga de mí. Una canción no es canción sin oídos que la escuchen, una vida no es vida si no la puedo compartir. Pido un café al chico de la mano quemada, por lo que he oído se quemó al tercer día de haber entrado el año nuevo chino, el año del cerdo, cuando intentaba celebrar la victoria de no sé qué equipo adinerado. Algún colectivo, supongo. Hoy no tengo dinero para mucho más que un café como el que ahora calienta mis manos de pianista frustrado. Yo soy el lado opuesto de la ciudad, el crimen perfecto de cualquier cosa. Me gusta este sitio, tiene anchos cristales por los que puedo ver, pasada la calle, a una señora de pelo oscuro que atrae los vientos con sus manos, tiene dos perros atados a su muñeca, ladran y se revuelven como charcos asustados al ver pasar el único autobús que se dirige a la antigua cárcel. Deduzco, por su forma de moverse, que hoy no ha descubierto el porqué de las cosas, como yo. Me gusta el humo, el humo de este bar. Me atrae el color de las paredes. Aquí he escrito grandes novelas en pequeñas servilletas, pero siempre las olvido o se olvidan de mí ellas, no quieren volver a encontrarme o ni siquiera buscarme, a veces creo que nunca llegué a escribir nada, perdón por mi falta de memoria, yo amo lo que hago, lo que pasa es que no me gusta su estado final. Me gusta no tener respuesta para nada, así nadie pregunta y me dejan tranquilo, no quiero que nadie sepa de mí ni yo de ellos, por supuesto, por eso entro en silencio, me siento en mi mesa, enciendo un cigarrillo y bebo, escribo o silbo alguna melodía de los primeros discos de Cohen mientras respiro el humo de las entrañas de alguien. No siempre estoy sentado, a veces me levanto y doy vueltas sobre un eje imaginario, me gusta ver lo que pide la gente, me gusta saber que hay voces que no conozco y no soporto que me toquen. En los huecos de la pared hay dos pequeños altavoces que hablan, dicen algo de guerra y aceite, no entiendo lo que cuentan porque no veo a quien habla. Suena, a lo lejos, un ruido de cucharas, platos, risas, voces bajas, canciones aún por terminar. The times they are A´changin. El humo también habla, me habla de todo lo que quiero entender. Aspiro y relajo el pecho, como las ballenas. El humo se adapta a mis pulmones y me cuenta cosas de la ciudad, de sus calles, de los años en los que yo andaba todavía tocando y no hacía mucho caso de los llantos de la ciudad, de los días en que se conocieron mis padres, de nadie y de mí, de todo lo que quiero entender, de lo único que me interesa saber, de la vida humilde de un barrio oculto bajo grandes edificios e imprentas, de todo lo que quiero ser, del porqué de todas las cosas. El cigarro se acaba y me quedo sin entender muchas historias, ninguna verdad es hoy mía. Mi voz ahora es ceniza, busco dentro de ella una razón por la que no deba seguir fumando. Intento asimilar todas las palabras y darle un sentido que aclare el porqué me pregunto algo. Soy yo el sabio agonizado, sabio para los perros y sabio para los gatos. Sigo escribiendo frases sin sentido, interminables espirales de bolígrafo azul que no llevan a ningún sitio, por eso lo rompo todo, no quiero que nadie sepa de mí. Jamás publicaré un libro, la gente no tiene derecho a leer mis pensamientos, me violarían cabezas llenas de ranas que no saben nadar. Enciendo otro cigarrillo y aspiro, hoy tengo muchas preguntas, moriré de algo del pulmón, moriré de curiosidad, de necesidad de saber del porqué de mi tristeza. Soy un escritor de mierda, asustadizo, además canto mal y no sé dibujar más que caras dormidas que se parecen a mí. Primera pregunta, primer desconsuelo. Buenas cosas mal dispuestas. Hoy tengo dinero para este café, mañana no sé, tal vez no vuelva, tal vez no me levante de la cama, tal vez no abriré mis párpados cansados. En fin … Todo va mal, el fin del siglo, el fin del mundo, quién me lo va a negar, basta mirar y tener los ojos bien abiertos… … Sic transit gloria mundi ….

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Elena.

 

Si Elena se alzara sobre sus diminutos tobillos podría ver, volando por encima del húmedo campanario, las últimas palomas del invierno. Si Elena decidiera abrir los brazos sentiría la brisa fría y amable del último soplido del viento de esta tarde.

Si Elena fuera feliz en este momento sus ojos no mirarían suelos ni paredes, observarían los juegos de los chiquillos y el amor de los insectos, serían testigos del autorretrato que el cielo se ha hecho sobre un charco aún asustado por las últimas pinceladas. Si ahora fuera dueña de la alegría sus oídos no recogerían los ruidos de los coches, ni el tirar y hacer de las obras, serían el público ciego de los silbidos de las muchachas que esperan a sus novios. Pero Elena decide esperar el apagar de luces enroscada en el banco de la plaza, donde rápidos y lentos y tristes y alegres pasan los habitantes del pueblo en dirección a la cena caliente de brasero y radio.

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Jonás.

 

Si remueve el agua estancada entre sus pies, con amagos de pasos, su rostro cambia de forma y color, a merced del capricho del líquido y de la gracia del movimiento. Jonás adapta formas de insectos mientras se balancea sobre sus pies para conseguir, al reflejo del agua, otro rostro, otro cuerpo, algo que le antoje otra forma de vida. Las paredes del habitáculo inundado donde se encuentra Jonás se encierran en si mismas y, como el pensamiento autista de los perros, no dejan ver nada de la vida de fuera o adivinar el porqué de tanto movimiento. Así se cuentan las horas Jonás y su reflejo, encerrados en un lugar oscuro y cubiertos de agua los pies.

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Poemas

 

 

Alpinistas.

 

Me he drogado con escarabajos ácidos,

se ha cambiado el corazón

por un fusil cargado.

 

Puede que el tiempo nos estafara,

puede que Caronte no nos viera.

 

Las montañas de la costumbre

son altas y tienen poca vista al frente.

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Conejo blanco

 

No soy muy adicto a los relojes,

ni me embobo mirando el minutero, en realidad

no tengo suficiente tiempo como para malgastarlo en él, en la espera.

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Cuatro razones para abandonar una ciudad

 

1.-

Hoy, al despertar,

la ciudad ya estaba harta del día.

Busco un encendedor,

me llevo un cigarro a la boca

y maldigo la noche anterior.

Mientras, un camión descarga

armarios sobre un contenedor de hierro,

haciéndolo todo astillas.

2.-

Dadme conocimientos de geometría y

un doctorado en matemáticas.

Dadme dinero a fondo perdido.

Permitidme desaparecer dos años,

después volveré con un plan para

conquistar el mundo.

3.-

A veces,

cuando entro en un dulce estado somnoliento,

mi mente, anónima, da vueltas sobre la idea del fracaso.

Al desperezar los sentidos,

me pregunto qué cantidad de gente habrá experimentado, como yo,

los mismos pensamientos en un dulce estado somnoliento.

Sobre esto ya escribieron un poema

si no recuerdo mal.

Yo no lo podría explicar mejor.

Así que,

me abstengo de reescribir y me limito a recitar de memoria,

que de alguna manera es como estar escribiendo también.

Redundancia.

4.-

Esta vez no contéis conmigo,

dejad de quererme.

Yo, al igual que vosotros,

fui atacado por la economía mundial

pero señalé con mi espada a las

instituciones.

Esta vez no contéis conmigo,

dejad de quererme.

He cancelado todos mis contratos,

ya no tengo teléfono y vivo en las

afueras.

Cada vez me siento más reacio a formar parte

de cualquier tipo de asociación cuyo número de

miembros exceda de

UNO.

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El llanto de los tiempos

 

Ahí fuera cae lluvia,

la ciudad se moja y por unos instante soy feliz

a mi manera,

en mis oídos se acomoda una voz

que me dice que está cayendo

el llanto de los tiempos.

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Flores para los muertos

 

Para la gran bendición construiré dos panteones,

me encerraré, sí, seré el Withman de los muertos.

Te haré dos poemas, uno desde cada panteón, agonizando,

en el primero no escribiré nada,

en el segundo no escribiré nada,

entre los dos la muerte, pajillera.

Levantaré la vista en el transcurso de dos pasos,

buscando a Dios y escupiendo sangre

pararé mi corazón a voluntad, seré el fakir, sí,

y moriré como lo tenéis planeado. Flores y sake, por favor.

Tu pena y peso será saber que poema no escribí después de muerto.

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Gauguin

 

Manchados de óleo

en el febrero de mi vida,

tú enredada, desnuda,

sobre mis problemas.

Amanece, todo acaba,

el día se acerca a tu mejilla

y todo se tambalea,

fruto de mi indecisión.

Tal vez fue la falta de luz,

pero esperaba ver algo más de tu tristeza.

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Intento de explicar el crimen

 

El crimen se ve en los ojos de los perros,

el miedo del mundo se encuentra en nuestras cocinas, en el filo

de los cuchillos

que nos segaron alguna vez parte de la piel mientras hablábamos

o besábamos a alguien,

cuando no fuimos conscientes de que manejábamos cuchillos.

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Intento de explicar el crimen (2)

Quiero matar

a todo aquel que sepa de mí,

con mis manos heladas,

para encontrar mi condición

de animal asesino.

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Restos de un incendio

 

El incendio está bien,

es una manera de limpiarte por dentro

y devastar por fuera,

como embadurnarse de barro,

es la práctica lo que no se cumple,

así que no sé si lo hice bien.

Yo quemé mi casa,

conmigo dentro,

una tarde de viernes aburrida.

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Verano

 

Vienes a mí

adoptando formas de insectos.

Sales del mar por unas horas.

Yo confío en quererte

antes de que acabe la tarde.

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